Claudio Fermín

El aparato productivo se ha ido perdiendo. La agricultura, la pequeña y mediana industria, la ganadería, las industrias petrolera y petroquímica, el turismo, las empresas de telecomunicación, la industria manufacturera, las empresas básicas de Guayana, han entrado por momentos en fase de extinción para luego subsistir de manera agonizante. La construcción tuvo un salvavidas en la Misión Vivienda, pero muy lejos de recuperar lo que hace veinte años aportaban al producto bruto la construcción de carreteras, hospitales, embalses, las empresas de mantenimiento y la infraestructura educativa en constante crecimiento. El comercio ha vivido momentos oscilantes de respiro dentro de la larga crisis, en especial cuando comenzó la libre circulación del dólar, para luego caer en bajones recurrentes y en parálisis. Con entrar a centros comerciales y ver locales clausurados es suficiente para ahorrarse la revisión de cifras y estadísticas que los organismos públicos se esfuerzan en ocultar.

Todo ello ha sido el saldo de expropiaciones arbitrarias, confiscaciones, ataques diversos a la propiedad, invasiones, cierre de negocios y multas a los mismos por las razones más caprichosas y fútiles que se pueda imaginar. En ese fracaso económico ha dejado su huella el control de cambios, espantapájaros de inversionistas que no podían entender que se les abrieran las puertas para colocar sus capitales y después impedirles disponer libremente de las ganancias obtenidas. El manejo a modo de quincalla del Banco Central de Venezuela para imprimir antojadizamente billetes a placer y la recurrente manipulación del bolívar en continuos bochinches de quitar dos o tres ceros cada tanto tiempo al signo monetario para fingir que la inflación no existe, ha marcado una época de destrucción de la economía. El control de precios hizo de las suyas hasta que Maduro decidió ponerle fin al disparate de fomentar el acto de magia y pretendida política popular según la cual se podían mantener unidades de producción y redes de comercio vendiendo a precios por debajo de lo que les cuesta producir, es decir, a pérdida.

Así como acabó con el control de cambios y con el control de precios indiscriminado, en otras medidas el presidente Maduro se quedó a mitad de camino: reprobó y clausuró la política de expropiaciones del presidente Chávez, pero no dio el paso de devolver a sus dueños originales, a miles de propietarios maltratados y excluidos, sus fincas, mataderos, empresas agropecuarias, industrias, urbanismos, comercios y unidades diversas de producción. Todas esas empresas agonizan, aunque casi muertas dan alguna ganancia a los vivos y avispados que las “administran” para la revolución. El anuncio de las Zonas Económicas Especiales se quedó en un aviso que asomó como una buena nueva y hasta allí llegó. Un amago que, así como generó expectativas, ahora es objeto de burlas y centro de grandes frustraciones. A la libre circulación del dólar, que comenzaba a oxigenar a la economía y al gobierno, le atravesaron la traba del impuesto a las grandes transacciones financieras y viven del espejismo de lo que ciertamente ese impuesto genera, sin percatarse que es más lo que ahuyenta.

El Partido Socialista Unido de Venezuela gana gobernaciones y alcaldías, ocupa espacios burocráticos, alimenta el triunfalismo electoral de su partido y el sentido de pertenencia, pero desperdicia las inmensas posibilidades de la descentralización y la capacidad que la misma tiene de potenciar nuevos circuitos económicos, de reactivar las economías locales. Alcaldes y gobernadores, del partido que sean, ni siquiera controlan su propia nómina, están completamente amarrados por un pequeño grupo de burócratas que en Caracas creen que controlar es gobernar. Un grosero y doloroso desperdicio.

El gobierno se sienta en México y otros escenarios con los autores intelectuales de las sanciones económicas; con los inventores del fantasioso paralelismo institucional de Guaidó; con los promotores de la abstención una y otra vez, con el cínico argumento de reclamar un mejor sistema electoral cuando en verdad procuraban un refinado sabotaje de las elecciones creyendo que así depondrían el gobierno; con impulsores de golpes de Estado, de guarimbas, violencia y conspiraciones diversas. Vence su propia indignación y conviene con esos actores políticos tutelados por potencias extranjeras un plan de desmontaje del encierro político y económico al que tienen sometido al país. Desarmar el bloqueo, pieza a pieza, es demasiado importante para detenerse después porque los interlocutores, lo que era de esperar de gente diestra en el arte de engañar y mentir, incumplieron el abono de 3.000 millones de dólares que ofrecieron reintegrar al tesoro nacional. Había que seguir negociando. Hay que seguir negociando en beneficio del interés nacional. Sin embargo, hablándole a las gradas, a sus propios seguidores, el gobierno detiene las negociaciones cuando debería ser el más interesado en continuarlas. Cuando debería, más bien, decretar una amnistía general que borre la figura de presos políticos, partidos judicializados y dirigentes inhabilitados, decisión de justicia para los venezolanos y que le permitiría al gobierno tomar la iniciativa y la delantera, así como mejorar su imagen, en ese proceso de negociaciones para derrotar el espantoso bloqueo que comparte la paternidad de nuestros males con las erráticas políticas del gobierno.

Esas indecisiones y medidas tomadas a media, todas, desde no devolver fincas, industrias y mataderos a sus dueños, hasta la de pararse de la mesa de negociaciones porque algunos de los emisarios de Biden, o de Sthory (ya sustituido), o de Blinken, dijo un disparate o se lució con una agresión indebida, son muestras de demasiada sensibilidad tomando en cuenta lo que está en juego. Ese bloqueo económico ha sido la medida más grave y nociva contra Venezuela que jamás se haya tomado en toda nuestra existencia como nación y para enfrentarla hay que hacer todo cuanto sea necesario, en especial si se trata de decisiones justas, que devuelvan a los venezolanos el pleno ejercicio de sus libertades políticas. Por eso, entre otras razones, reclamo y propongo una amnistía general que inicie la pacificación que la vida social, la política y la economía venezolana se merecen y necesitan.

claudioefm@gmail.com

Por The EL News

Enrique López Alfonzo Director - Editor The EL News.com Premio Latinoamericano de Oro Periodista de Investigación 2021 ÷584245428120

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